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 Fallece un gran escritor: José Saramago

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Gecko
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MensajeTema: Fallece un gran escritor: José Saramago   Vie 18 Jun 2010, 1:52 pm

El portugués, siempre del lado de los menos favorecidos: Galeano

"Seguirá siendo una voz entrañable y 'extrañable', no sólo por sus obras sino por sus acciones, dijo el uruguayo.
Reuters
Publicado: 18/06/2010 11:41

Montevideo. La obra del escritor portugués José Saramago, quien falleció el viernes a los 87 años, continuará siendo entrañable y "extrañable", al igual que su forma de actuar que lo ubicaba siempre del lado de los menos favorecidos, dijo el autor uruguayo Eduardo Galeano.

Saramago, premio Nobel de Literatura, levantó varias veces su voz contra las injusticias, el conservadurismo, la Iglesia y los grandes poderes económicos.

"Seguirá siendo una voz entrañable y 'extrañable'. Lo extrañaremos mucho aunque siga estando", dijo Galeano.

"Yo no quiero palabrear las emociones, simplemente digo que en este mundo hay finales que son también comienzos, muertes que son nacimientos. Y de eso se trata", agregó.

"(Se extrañará) su obra y también a él, a sus acciones, (porque) era un hombre que estaba siempre del lado de los perdedores", comentó el autor de Las venas abiertas de América Latina.

Saramago era miembro del Partido Comunista y comenzó su carrera literaria como poeta. Entre su obra se destaca El año de la muerte de Ricardo Reis, El evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera, La balsa de piedra y La caverna.

La Fundación Saramago dijo que el escritor había muerto de un fallo multiorgánico tras una enfermedad prolongada.
Trayecto de un cerrajero de las letras

"Pese a todo, creo haber sido capaz de construir una obra digna", dijo el escritor de abuelos labradores y padre policía que nunca contó con los recursos para terminar el bachillerato y que en 1998 se convirtió en el primer Premio Nobel de Literatura de su país.



México, DF. José Saramago, nacido el 16 de noviembre de 1922 en la región de Azinhaga, en el centro de Portugal, creció en el seno de una familia de campesinos.

A los 12 años se mudó a Lisboa, donde vivió la mayor parte de su vida. Y en 1993 emigró, junto con la traductora y periodista Pilar del Río, a Lanzarote, un año después de que el entonces gobierno conservador de Portugal vetara la candidatura de su séptima novela, El Evangelio según Jesucristo (1991), al prestigioso Premio de Literatura Europeo, por considerarla blasfema. Saramago, ateísta, describió en su libro a Cristo como una persona común que llega a dudar de su fe.

"Si esto hubiese ocurrido durante la dictadura de Salazar, lo habría entendido. Pero así, en tiempos de democracia, lo consideré humillante", dijo entonces. Decepcionado y triste, el escritor decidió abandonar su país.

El versátil Saramago

Por un apodo a la familia paterna que proviene de “Jaramago”, planta silvestre de Portugal, fue registrado por error como Saramago, omitiendo el apellido real heredado de su padre José de Sousa.

Luego de haberse mudado a la ciudad de Lisboa, donde su padre trabajó como policía, el también dramaturgo ingresó a la escuela industrial a la edad de 12 años, donde tuvo sus primeros encuentros con los autores clásicos.

Después de abandonar el colegio porque la familia necesitaba dinero, trabajó primero como cerrajero mecánico y después como dibujante técnico, funcionario público, empleado en una editorial y periodista.

En 1944, ya como trabajador administrativo para una caja de pensiones y luego de haber contraído nupcias con Ilda Reis, José Saramago publicó su primera novela Tierra de pecado, con poco éxito. Fue hasta 1947, tras el nacimiento de su primera hija Violante, cuando escribió su segundo libro Claraboya, sin que haya sido editado.

Ante la experiencia vivida con estos dos primeros libros, el autor decidió no escribir más durante 20 años, aunque realizó colaboraciones periodísticas en el Diario Noticias, la revista Seara Nova y formó parte de la primera dirección de la Asociación Portuguesa de Escritores.

En la década de los 60 retomó su labor literaria y durante los 10 años de la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar, fue víctima de persecuciones y censura, no obstante, consiguió trabajo en una editorial donde se desempeñó como traductor de obras de León Tolstoi, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire y Sidonie Gabrielle Colette.

Escéptico e intelectual, cuya obra ha sido traducida a casi todas las lenguas, Saramago siempre mantuvo una postura ética y estética comprometida con el género humano, que fue más allá de partidismos políticos.

Como miembro del Partido Comunista, continuó su labor literaria, ahora con la publicación de dos poemarios Os poemas possiveis y Provavelmente alegra. A partir de 1976, se dedicó de lleno al trabajo literario.

Sin embargo, dentro de las letras hispánicas, la fama y el reconocimiento internacional le llegaron con la publicación de la legendaria novela Memorial del convento (1982), a la que siguió El año de la muerte de Ricardo Reis y La balsa de piedra, obras de marcada temática histórica, en las que su narrativa se caraterizó por el uso de la metáfora y un lenguaje que roza lo barroco.

Desde entonces, cuentan sus biógrafos, su trabajo narrativo comenzó a gozar de gran admiración y elogios, pero también de reñidos debates que lo consagraron como una de las principales figuras de la literatura contemporánea.

En su obra llama la atención su particular estilo literario, pues tiende a escribir extensas oraciones, sin delimitar diálogos y creando oraciones de más de una página de longitud, mediante el uso de comas, que separan lo que comúnmente se hubiera hecho con puntos y demás signos de puntuación.

Además, solía introducir en sus novelas reflexiones personales, en las que llevaba a cabo un análisis crítico de distintos aspectos de la realidad. Sorprendentemente, el lector no tiene muchas dificultades para adaptarse a leer su estilo de prosa único.

"Pese a todo, creo haber sido capaz de construir una obra digna", dijo este escritor de abuelos labradores y padre policía que nunca contó con los recursos para terminar el bachillerato o comenzar una carrera universitaria y que en 1998 se convirtió en el primer Premio Nobel de Literatura de su país.

Su última novela, Caín, desató una ola de indignación en Portugal, por lanzar durísimos ataques contra Dios, la Iglesia católica y la Biblia.

En el fondo, seguía en gran parte siendo aquel niño al que retrató en Las pequeñas memorias, una especie de autobiografía que comprende el periodo entre los cuatro y los 15 años. "Esa fue la etapa que me marcó. De alguna forma sigo siendo un campesino", dijo.

Saramago fue un literatos lleno de galardones, entre ellos el Premio Nobel de Literatura 1998, el Gran Premio de Romanza y Novela 1991, el de la Crítica de la Asociación Portuguesa de Críticos 1985 y en 2007 hijo Predilecto de Andalucía, así como numerosos doctorados Honoris Causa.

Fue miembro de diversas asociaciones, organizaciones e instituciones internacionales como la Academia Europea de Yuste, correspondiente de la Academia Argentina de las Letras, Academia Universal de las Culturas y honorario de la Academia Canaria de la Lengua, entre otras.

Entre su obra destacan Tierra de pecado (1947), Poemas posibles (1966), El año de 1993 (1976), Apuntes (1976), Manual de pintura y caligrafía (1977), Casi un objeto (1978), La noche (1979), Alzado del suelo (1980), Viaje a Portugal (1981) y Memorial del convento (1982).

El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), De este mundo y del otro (1985), La balsa de piedra (1986), La segunda muerte de Francisco de Asís (1987), Historia del cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991), In nomine Dei (1993) y Ensayo sobre la ceguera (1995).

Además de Cuadernos de Lanzarote (1993-1997) (1997), Todos los nombres (1997), Cuento de la isla desconocida (1998), La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004), Poesía Completa (2005) y Las intermitencias de la muerte (2005), entre otras novelas, relatos, obras de teatro, poesía, crónicas y música sinfónica.
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Casilisto
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MensajeTema: Re: Fallece un gran escritor: José Saramago   Sáb 19 Jun 2010, 9:06 am

Hola a todos:

Nos ha abandonado un GRANDE de la literatura....

Este entrañable viejito, en su español con acento portugués, nos ha dejado este relato:


¡Está todo dicho!

Un abrazo a todos


¡Hola Invitado! ¿Necesitas ayuda en algo?
¡¡¡ Ayúdanos a ayudarte, explica con el máximo de detalles tu problema !!!
¡¡¡ Recuerda que no vemos, ni sabemos qué es lo que necesitas !!!
No te olvides de redimensionar las imágenes a 800x600 px así nos ahorrarás mucho trabajo


Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida;
detrás de cada logro, hay otro nuevo desafío.




Cuando no puedas trotar, camina; cuando no puedas caminar, usa el bastón,...
...¡pero nunca te detengas!
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Gecko
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MensajeTema: Re: Fallece un gran escritor: José Saramago   Sáb 19 Jun 2010, 12:08 pm

La gran escritora Mexicana Elena Poniatowska opina del Genio Saramago:


José Saramago es múltiple y esplendoroso. Abro los Cuadernos de Lanzarote, una isla frente a las costas de África que Carlos Fuentes describe como un cráter del mar, que a mí me conmovió, porque en medio del paisaje negro, hirviente, los habitantes se las han arreglado para sembrar uvas, a las cuales les hacen casita para que no las desenraicen los vientos y las separen de su balsa de piedra. Leo cómo desde 1993 Saramago viaja a Londres, Lisboa, Madrid, París, Roma, Buenos Aires, Río de Janeiro. Recibe premios, ofrece conferencias, asiste a ferias, participa en mesas redondas, es jurado de concursos literarios... y entre tanto se las arregla para regresar a casa y escribir Ensayo sobre la ceguera a la sombra de Pilar, que también le hace casa, ahora más que nunca, contra la agitación furiosa de la celeridad.

Lo veo correr, estoico, de aquí para allá, día a día, hablar del Doctor Fausto, de Thomas Mann; de sus amigos Jorge Amado y Gonzalo Torrente Ballester. Quisiera detenerlo y me resigno a pensar que del único Saramago del que puedo hablar un poquito es del Saramago de La Jornada, aquel que en sus crónicas me han dado Pablo Espinosa, quien fue a Estocolmo a verlo recibir el Nobel en 1998; Hermann Bellinghausen, Mónica Mateos, César Güemes, Renato Ravelo... que lo han seguido fervorosamente durante sus días mexicanos, los de 1998 y los de 1999.

Ver a Saramago acercarse y elegir a quienes prefiere es una lección de entereza. “Millones de personas viven un atentado a su dignidad”, declara a La Jornada y escoge a los más pequeños, los indígenas de Chiapas, y tras de él remolca a la península ibérica para que constate lo que sucede aquí, en las montañas del sureste desde 1517 hasta la fecha.

La voz de los más pequeños

Dentro de 19 días estaremos recordando el tercer año de la masacre de 45 indígenas en Acteal, en su mayoría mujeres y niños, que por su pobreza solemos llamar “los más pequeños”. “¿Puede levantarse la gloria de Dios y la de un gobierno sobre la miseria de un solo niño muerto?”, pregunta Carlos Fuentes. A propósito de los indios chiapanecos, dijo José Saramago en San Cristóbal las Casas: “Si la voz de un escritor les sirve para algo, mi voz es vuestra voz. Seguiré hasta el final de mi vida con la conciencia de que mi voz no es sólo mi voz, porque creo que por la boca de cada uno de nosotros está hablando la humanidad entera (...)”

La mirada de Saramago sobre Chiapas es intensa, tan intensa como la mirada de un niño chiapaneco al que le han destrozado la vida. Saramago habla de las miradas severas recogidas de las mujeres, y se pregunta: “¿Cómo es que después de tanto sufrimiento ese mundo indio mantiene una esperanza? ¿Cómo pueden sonreír como aquel hombre de Polhó que acaba de decir: ‘mañana puede que nos maten a todos, pero bueno, aquí estamos’ con una sonrisa que no le han matado”.

Ayer, viernes 3 de diciembre, el comandante David volvió a decirlo en Oventic frente a un Saramago apesadumbrado, porque desde hace seis años nada ha cambiado y no se han cumplido los acuerdos de San Andrés: “No deseamos la muerte de nadie, no queremos que el costo de la justicia, la libertad y la democracia sea la muerte de muchas vidas humanas, pero cuando es necesario hay que morir”.

La gente en Chiapas se muere de hambre y Saramago se preguntó en 1998: “¿De qué se están alimentando esas personas?” Y se respondió: “Se alimentan de su propia dignidad. Es su dignidad la que los mantiene vivos. Escuché relatos de una objetividad tal en los que nada es dramatizado y todo es dicho con palabras medidas, no calculadas, las justas para expresar lo que hay que expresar. Si hay algo difícil en la vida, es ser. Y ellos que no tienen nada lo son todo, y eso es lo que he ido a aprender a Chiapas”.

El Nobel más querido

Saramago se inclina sobre nosotros con toda su paciencia, con la ternura que emana de su altura de hombre bueno. Le asombra que sus lectores le digan que lo aman, no sólo en México sino en todas parte del mundo. Quizá de todos los premios Nobel, el del 98 sea el más querido. La gente lo rodea a ver si les hace el milagro, El evangelio según Jesucristo es el evangelio según Saramago.

En 1980 publicó una novela, Levantando del suelo, acerca de los campesinos del Alentejo, y durante tres años buscó cómo narrar esa historia hasta que pasó por encima de las reglas sintácticas y devolvió a los campesinos en sus propias palabras lo que ellos le habían dado tal y como se lo habían dado, es decir, su propio discurso, como si se hubiera convertido en uno de ello.

Su visión del mundo, como él mismo lo afirma, es pesimista: “Las razones que me llevan a contar una determinada historia –dice Saramago– tienen que ver con mi visión del mundo, de la historia y de la sociedad, y son razones bastante pesimistas, porque el mundo no me da ningún motivo para ser optimista, y eso es lo que aparece en mis libros”.

Y no es que Saramago no crea en la felicidad, sino que la considera una excepción, porque la vida es básicamente una carencia que la felicidad borra por un momento, la efímera negación de ese pesar que encontramos a la vuelta de la primera esquina. Basta leer el periódico para recordar puntualmente que las facultades humanas se desperdician diariamente en la brutal invención de armas y artefactos cada vez más especializados en una única y estúpida misión: exterminar a mujeres y a hombres. A veces Saramago se indigna: “Yo no sé cómo nos atrevemos a decir que la raza humana es magnífica. Creo que es tiempo de aceptar que somos unas bestias”.

Como lo recogió Mónica Mateos, Saramago es aún el muchacho que escuchaba la voz de sus dos humildes abuelos: “Sigo siendo el nieto de ese hombre y esa mujer y no quiero perderlos, es decir, no quiero olvidarlos, ni mis orígenes, mis raíces, la casa pobre, el suelo de tierra, la lluvia que entraba, los cerdos al lado. De esa gente que pareciera que no lleva dentro más que la brutalidad de su propia vida aprendí casi todo lo que he escrito, o por lo menos quedó el terreno bien preparado para la siembra de todas esas palabras”.

Por esos abuelos sobre los que ha escrito páginas admirables, Saramago se alía a los indios de Chiapas. Por eso entiende a los que sufren a manos de otros hombres. Los personajes de José Saramago son casi tan entrañables como él: Ricardo Reis; el modesto José de Todos los nombres, y José, el carpintero de Nazareth, cavan hondo y van subiendo por nuestras venas, y nos conducen como topos por túneles de aflicción, hasta que nos invaden con su desesperanza.

La mirada del alma

Saramago escribe en nuestro más íntimo silencio y gracias a él levantamos la vista. Dejamos de leer y miramos más allá en un punto donde quizá podemos leernos a nosotros mismos. Hay puertas que no nos atrevemos a abrir. Escuchamos la llave que gira dentro de la cerradura y el llanto callado de Marcenda, la que tiene una mano inservible. Dentro de ese silencio es posible también que las palabras de Saramago nos enseñen a ver, pero a ver como ven lo ciegos: para adentro, con el alma.

Nos persigue la ley, nos persigue la vida. La vida nos vive, como dijo el poeta jaime García Terrés. Dudamos de todo, porque más que de certezas, el hombre es un ser de dudas. “Yo tengo todas las dudas del mundo, las mías y las de los otros”, dice Saramago. “Mi obra de alguna forma es una reflexión sobre el error y la duda”.

Y añade. “Tenemos algunas certezas. Sabemos, por ejemplo, que la honestidad es preferible al engaño, que el amor es mejor que el odio. Pero esas certezas, esas cualidades que yo considero como certezas, no son las que mayoritariamente han guiado a la humanidad”.

La escritura de Todos los nombres comenzó cuando Saramago busca el acta de defunción de su hermano, muerto a los cuatro años. Investigó en el hospital, en los ocho cementerios de Lisboa (que después darían luz al cuento Reflujo), en registros y archivos... hasta que encontró la comprobación. Convencido de que la gente muere verdaderamente cuando se le olvida, Saramago logró demostrarle al registro civil que un hombre es algo más que una tarjeta (nombre, nacimiento, divorcio, muerte) guardada en algún polvoso archivero al fondo de un pasillo oscuro.

Ensayo sobre la ceguera es un libro desgarrador, en el que todos se van quedando ciegos (médicos, ladrones, mujeres de excepción, muchachas de anteojos oscuros, niños estrábicos) en una alegoría de la condición humana que olvida la responsabilidad ética que implica el ver, el tener ojos cuando otros irremediablemente los han perdido. La muchacha de los anteojos oscuros dice una frase memorable: “Hay dentro de nosotros una cosa que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

Tal vez sea eso lo que nosotros buscamos: no el nombre que nos dieron, sino nuestro verdadero nombre, el que algún día vamos a encontrar. Es el que buscamos, a lo mejor sin saberlo, en cada una de las cosas que hacemos. Como cuando estamos a punto de dormir y pensamos en una palabra que es la que nos conduce al sueño, pero es una palabra que se pierde en el momento en que nos dormimos y jamás volvemos a recordar en la vigilia.

El mundo está oscuro

Consecuente consigo mismo, Saramago vincula su obra a las causas sociales, que son siempre políticas. Ejemplo de ello es el cuento La Isla Desconocida, que recaudó 281 mil dólares para víctimas del huracán Mitch. Fueron entregados a la Cruz Roja y utilizados para la reconstrucción de quince escuelas en América Central.

En agosto de ese mismo año rechazó el título de doctor honoris causa que le deseaba entregar la Universidad de Pará, Brasil, al saber que en esa región, el gobernador Almir Gabriel era el mismo que había ordenado la matanza de 19 militantes del movimiento Campesinos sin Tierra.

Su solidaridad con los más olvidados lo ha hecho enfrentarse a gobiernos y a líderes corruptos, y acercarse a jóvenes universitarios, indígenas, hombres y mujeres que se encuentran en desventaja y en situaciones injustas. Para el suplemento Foto, que dirige Raúl Ortega en La Jornada, preparó un número sobre Chiapas con Sebastião Salgado, a quien ya le había prologado un libro, Terra, acerca de los sin tierra, los desposeídos de un bien esencial para su existencia.

Cuando el 6 de julio de 1999, José Saramago recibió la medalla de honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, dijo: “Me gustaría ser recordado por esa cosa tan sencilla aparentemente, pero no tan corriente, como es el hombre bueno que sin proponérmelo he hecho todo lo posible por ser”, y abogó por una revolución de la bondad.

Tal vez, como él mismo reconoce, no se trata más que de un disparate, pero consiste en que cada mañana, al levantarnos nos propongamos no dañar a nadie y darnos cuenta que de nada sirve aferrarnos a nada, como nos lo enseña Milton en su Paradise lost, y El evangelio según Jesucristo, un libro que nos atañe a las mujeres que damos a luz a dioses y ángeles caídos, a ganadores y a perdedores (amamos siempre mas a los perdedores que a los que triunfan), y nos oponemos a la salvación de un solo niño a costa de la muerte de todos, porque es inaceptable que uno viva si no van a vivir todos, y aspiramos al cielo de la anunciación a María de Saramago, a esa visión de belleza casi insoportable en la que todos y todas comen lo mismo y a la misma hora. Aunque José Saramago, desde la incesante tristeza, comienza su relato El mundo de los horrores con una afirmación que nos atrapa más que la belleza. “Esta mañana, al salir a la calle, me di cuenta de que el mundo estaba oscuro”.

Palabras que la escritora mexicana Elena Poniatowska, pronunció como preámbulo a la charla que el escritor portugués ofreció en diciembre de 1999, en el Palacio de Bellas Artes, de la Cd. de México.
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